[LVM] Día 132 al 135 – Bilbao

Bilbao fue una agradable sorpresa en nuestro itinerario.

La verdad, no teníamos planeado visitar España durante este viaje. No obstante, restricciones de presupuesto, tiempo y logística viajera hicieron que nos diéramos una vuelta de carnero y termináramos en la tierra de los toros.

Personalmente, desde hace años que tenía la idea de algún día visitar el País Vasco. Durante la última parte de mi adolescencia y hasta bastante entrado en mis años de universidad, el Rock Radical Vasco ocupó un lugar de importancia dentro de mi rutina diaria. Bandas como La Polla Records, Kortatu y Eskorbuto fueron algunos de mis artistas de cabecera por algunos años. A través de canciones conocí un poco de la historia vasca y desde entonces que me parecía un destino interesante para visitar algún día. Las vueltas de la vida hicieron que ese día llegara durante este periplo al rededor del mundo.

La verdad, no tenía claro qué esperar de Bilbao. Sabía que la historia del País Vasco era interesante, pero eso no necesariamente lo hacía un buen destino turístico.

En la práctica lo que encontramos en Bilbao fue una ciudad idílicamente tranquila, muy auténtica, que florecía en torno a los restaurantes, bares y esparcimiento, y que a pesar de ser pequeña, tenía su cuota de magnificencia. Sinceramente, no sé si Bilbao sea un gran destino turístico, pero parecía un gran lugar para vivir.

Que no se entienda mal, el lugar tiene su encanto, pero fácilmente en 2 o 3 días puedes recorrer casi todo lo que podría ser de atractivo para un turista. Finalmente lo que quedaba, y que probablemente era el mejor atractivo de Bilbao, era la comida.

En Bilbao se come rico.

No hay otra forma de decirlo. La oferta culinaria es grande y bocadillos pequeños como tapas y pinchos (pintxos en el País Vasco) te permiten probar de todo un poco y por poca plata.

Para nuestra sorpresa, todo el proceso de pedir y comer algo en un restaurante resultó tener más idiosincrasia de lo que nos imaginábamos. En el fondo la gente local sabía cómo funcionaba todo, pero como turista te encontrabas a menudo un confundido y sintiéndote un poco huaso.

En general, el proceso estándar para comer en alguna parte es sentarse, ver la carta y pedir algo. En Bilbao es un poco más confuso.

Primero que nada, no todos los restaurantes tienen mesas como uno esperaría, sino que en general tienen algunas mesas altas o repisas en las paredes, en las que te puedes arrimar y comer de pie. Respecto a esto, es muy común ver a la gente comiendo y tomando de pie frente al lugar donde compraron lo que sea que estén comiendo. A esto se suma que no todos los restaurantes tienen carta o algo donde uno pueda ver la oferta culinaria del local. En general tienen una que otra pizarra con un par platos escritos, un par de anuncios medianamente genéricos y eso es, la mitad del tiempo sin siquiera incluir los precios de los platos. Lo que me lleva al tercer punto: la mayor parte de lo que pides no tiene el precio visible, de hechos a menudo nos pasaba que terminábamos pidiendo sin tener idea de cuánto íbamos a pagar.

Todo esto se volvía más álgido al momento de hablar de pinchos o de algo para tomar.

Cuando querías pedir algo para tomar pocas veces había algo (carta, pizarra, etc.) que dijera las opciones que tenías para escoger, en general tenías que acercarte y preguntar si tenían lo que querías. A menudo pedir vino o cerveza era una opción segura, pero olvida preguntar qué tipo de vinos o cervezas tenían. La gente local en general se limitaba a pedir un tinto/blanco o una cerveza, sin más especificaciones. Por supuesto que en cualquier caso no sabías el precio de lo que habías pedido hasta que estabas pagando.

Con los pinchos era un poco más caótico aún. Los pinchos eran un montón de platillos que estaban en un mostrador y tú tenías que acercarte y decir cuál querías. Muy a menudo no tenían nombre ni nada que te diera pista sobre que era lo que estabas pidiendo, así que no era raro escuchar a los turistas preguntar “qué es eso?”. Esto mismo hacía que para pedir pinchos necesariamente tuvieras que acercarte el mostrador y empezar a señalar platillos con el dedo. Por supuesto que ninguno tenía precio, aunque aparentemente el estándar era que costaran alrededor de 2 euros.

Todo esto hacía que pedir comida en Bilbao fuera un poco más confuso y estresante de lo que uno esperaba. Sin embargo, la gente en general era muy amigable y amable con el turista, y aunque te sentías un poco huaso al principio, una vez que tenías la comida en tus manos solo quedaba disfrutar.

 

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