[LVM] Día 120 al 123 – Ámsterdam

Ámsterdam es una ciudad super interesante y con mucho que ver. Como amante de las bicicletas y pedalero acérrimo, esta ciudad era uno de los destinos que más me llamaba la atención y que más esperaba visitar.

Y es que la idea de estar en un lugar donde las bicicletas eran pan y agua me emocionaba. Me imaginaba que sería entretenido ver cómo se las arreglaban para convivir con las bicicletas. Sin embargo, la respuesta más pedestre de lo que esperaba: no hacen nada, se tragan las bicis como vienen y nadie se hace problema.

En Santiago la gente reclama un montón por las bicicletas: los autos reclaman que deberíamos andar por la vereda, los peatones que deberíamos usar la calle y las municipalidades antojadizamente toman un lado u otro.

En Ámsterdam las bicicletas andan por donde andan y nadie se ofusca.

En algunas partes hay ciclovías, en otras no, los peatones se cruzan en las ciclovías, las bicicletas pasan con rojo y básicamente ocurre cuánta aberración de transporte se puedan imaginar, y no obstante uno no ve a las señoras reclamando “que la bicicleta le pasó cerca”. A eso súmenle que está el tranvía, que se mueve implacable por la calle y donde todos tienen que moverse para no transformarse una víctima del transporte público.

¿Recuerdan cuando les conté del terrorífico tráfico de Hanói y de las motonetas? Bueno, Ámsterdam es más o menos lo mismo, pero con bicicletas y aún así todo funciona bien ¿Pero por qué, dirá el excelentísimo? ¿Cómo es posible esto? Porque en el fondo los Ámsterdameses no le dan color.

Yo sé que esto puede sorprender a muchas personas, en especial a las señoras que se meten al metro dando codazos (también conocidas como viejas velociraptor), pero en Ámsterdam nadie se hace problema por donde andan las bicicletas, y créanme que andan por todas partes.

La verdad es que los holandeses son bien relajados con todo, lo que no quiere decir que sean al lote. Sin ir más lejos, en Holanda es único lugar donde vi que efectivamente multaran a alguien por andar en tren sin boleto.

Según aprendimos, la filosofía holandesa es que cada uno hace su vida como le place, pero entiende que es parte de una comunidad. Por ejemplo, la gente no usa casco para andar en bicicleta y si les pasa algo se entiende que es porque ellos eligieron no usar el casco, pero al mismo tiempo todos están conscientes de que no son los únicos en la calle y actúan acorde a eso. Si llevamos este ejemplo a Chile, terminaríamos con gente pudiendo que se haga una ley para que la gente use casco.

La filosofía holandesa se ve reflejada en los dos elementos icono de Ámsterdam: el barrio rojo y los coffeeshop.

El barrio rojo es el distrito donde se da todo el comercio sexual de la ciudad. Sin tapujos, sin ocultarlo, sin estigmatizar a productores ni a consumidores. Las condiciones de trabajo de las trabajadoras sexuales de Ámsterdam no son como las de ninguna otra en el mundo: están sindicalizadas, ellas ponen sus reglas, no existe proxenetismo de ningún tipo, pagan impuestos, pagan cotizaciones previsionales y tienen buenas condiciones de salud. Las mujeres que se dedican al comercio sexual en Ámsterdam lo hacen por decisión propia y no tienen que afrontar ningún juicio moral, lo hacen porque así lo eligieron y nadie les da color.

Filosofía holandesa.

Un coffeeshop en Holanda es una tienda en la que se puede comprar marihuana de forma legal y segura. En Holanda el consumo de drogas suaves no está penado y si bien la venta no está explícitamente permitida, no está prohibida tampoco. Por el contrario, la venta de marihuana está bien regulada tanto por cantidad, calidad y acceso. En Ámsterdam no es raro ver a gente feliz fumando un cigarro de marihuana en un coffeeshop y nadie los mira feo y o se estigmatiza a los consumidores.

De nuevo la filosofía holandesa: si tú decidiste fumar marihuana es tú problema.

Según nos contaron, la educación holandesa enseña desde chicos que cada uno es responsable de uno mismo y que si me hago daño es consecuencia de mis actos, pero que al mismo tiempo también se es responsable de convivir con más gente.

Sobre la ciudad misma, Ámsterdam es lo más confuso y hermoso que hay. La ciudad está llena de canales formando un semicírculo, en consecuencia el centro de la ciudad es circular, lo que no resulta muy práctico al momento de desplazarse.

Las casas en general son de 4, 5 o 6 pisos y tienen fachadas muy angostas. Esto obedece a que por allá por el siglo 15, cuando el comercio marítimo bullía gracias a la Compañía Holandesa de Indias Orientales, el gobierno holandés fijó un impuesto de acuerdo al largo de la fachada de una casa, con el fin de evitar que las personas de mayores recursos construyeran grandes mansiones en el centro de la ciudad. Como consecuencia, todas las casas son altas y angostas. No es raro que una casa tenga 5 pisos.

En serio.

Una segunda consecuencia es que las escaleras sean muy angostas y empinadas. Eso hace que para poder mudarse a un sexto piso sea necesario meter todo por la ventana, porque la escalera no es un plan viable. En consecuencia, la mayoría de las fachadas en Ámsterdam tienen grandes ventanales y una viga con un gancho en lo más alto de la casa, para poder subir las cosas con una cuerda.

Por último, en general las casas están chuecas. No un poco que se nota solo si uno pone un nivel, sino que brutalmente chuecas. En parte esto es porque las fachadas se construían inclinadas (hacia adelante) para facilitar mudanzas a los pisos superiores. Pero también en parte porque la humedad del suelo ha afectado los pilares de muchas casas, haciendo que estás se inclinen en ángulos que resultan al menos preocupantes.

 

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