[LVM] Día 167 al 171 – Reykjavik

Reykjavik, el último destino de esta aventura y coincidentemente uno de los últimos lugares poblados antes de llegar al Ártico.

Lo primero que tengo que decir es que cuando pensaba en Islandia desde luego que me imaginaba que sería frío. Sin embargo, nosotros hemos pasado varias vacaciones en la Patagonia e incluso unas en Puerto Williams, literalmente al fin del mundo, donde no había más que frío y lluvia. En consecuencia, en mi cabeza el frío no sería nada nuevo y pensaba que no sería la gran cosa.

Qué equivocado que estaba.

Yo no soy friolento y en general no me molesta sentir un poco de frío, pero por Dios!, en Islandia el asunto estaba a otro nivel. Para ser honesto, no es que la temperatura por sí misma fuera excesivamente baja, en general lo más bajo que vimos fue 1°C durante el día y -3°C durante la noche. No obstante, el incansable viento, la siempre oportuna lluvia y el nunca presente sol se juntaban para que, a pesar de haber 3°C, la sensación térmica siempre fuera de inclementes -3°C o menos. Acá creo que es necesario hacer nuevamente hincapié en el interminable e incansable viento, el que hacía que en un par de minutos sintieras la cara tiesa, extremadamente fría y con la textura del papel.

Todo esto hizo de Islandia un destino curioso y de sentimientos encontrados.

Por un lado, el lugar es impresionante en términos de belleza escénica, plagados de paisajes dignos de National Geographic. En serio, creo que no existe una forma de describir Islandia que realmente le haga justicia a la belleza de sus agrestes y duros paisajes. A esto se suma que no es sólo que los paisajes fueran impresionantes, estar ahí mismo y apreciar la inmensidad, la dureza del clima, lo árido que resulta todo y la proeza de una nación que parece vivir remando contra la corriente, todo eso hacía de la experiencia de visitar Islandia algo inolvidable y de algún modo mágico.

Por el otro lado, el frío hace de cada paso fuera del refugio una prueba de carácter, lo que en parte tiene el efecto colateral de hacer que el turisteo se vuelva increíblemente eficiente. Y es que por mucho que te ver maravillado ante los atractivos de esta isla al fin del mundo, de todos modos nadie quiere estar más tiempo del necesario a la intemperie. Finalmente las visitas a los puntos turísticos se resumían en: ir, ver, tomarse una foto, de volverse. Todo con movimientos rápidos, precisos y cronometrados, en una coreografía sacada casi directamente de nuestro instinto de preservación, el cual pedía a gritos que saliéramos del congelador donde estábamos sumergidos.

Ciertamente el lugar es curioso y al mismo tiempo una divertida mezcla de elementos contrapuestos. El lugar es heladísimo y la tierra está plagada de volcanes y geysers, como si de una broma del destino se tratara. Esto último hace que la energía geotérmica sea el pan y vida del país. Realmente me confunde pensar cómo podían vivir antes de la invención de las tecnologías que permiten aprovechar tales fuentes de energía, y es que probablemente lo hacían a un costo absolutamente ridículo. No es que ahora sea barato, todo lo contrario, pero desde luego que el uso de este recurso debe haber cambiado radicalmente el problema del costo de la energía en Islandia.

A pesar de todo, creo que este lugar fue el destino perfecto para terminar este larguísimo periplo por el mundo. Único e inolvidable, arisco y agreste, sorprendente e impresionante, frío y desolado.

Si me preguntan a mi, volvería a Islandia.

 

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